El gabinete del Dr.Caligari
‘’La obra artística
traza un hiato entre la represión pura de lo siniestro y su presentación
sensible y real’’. Estas palabras de Sigmund Freud vienen a aplicar a sus tesis
psicoanalíticas la cualidad que muchos otros pensadores han relacionado con el
arte, y es la de cristalizar algo tan abstracto como son las emociones humanas,
en una obra concreta perceptible por nuestros sentidos. O como dijo Ricciotto
Canudo en El manifiesto de las siete
artes (1911), en el que reivindicaba al cine como el arte definitivo, ‘’convertir lo efímero en eterno’’. Pero
volviendo al mundo del subconsciente freudiano, no son pocos los ejemplos en
los que, confirmando las ideas del padre del psicoanálisis, hemos visto
reflejados en la obra cinematográfica los impulsos más primarios y a menudo
reprimidos de la mente humana. A veces de manera directa y con la menor
mediación posible de la razón, como pretendía el cine surrealista, y otras
veces escondido en propuestas más convencionales, como puede ser el cine de
terror, en el que vamos a centrarnos en este texto. Como veremos, precisamente
en este género, se dan la mano constantemente el miedo (la muerte, la violencia) con el sexo. Una paradoja que
une dos conceptos aparentemente tan contrarios y, sin embargo, tan inseparables,
pues ambos nacen juntos en lo más profundo e instintivo de nosotros mismos.
Si nos fijamos en la filmografía de George Mèlies, descubrimos que
ya desde los mismos inicios del género, aun mostrándose con esa ingenuidad
infantil propia del francés, siempre con toques fantásticos y de comedia, sexo
y muerte podían ir unidos. Así lo vemos en ejemplos como Le Cake-walk Infernal
(1903), en el que presenciamos un demoníaco baile en el que participan tanto el
diablo, como mujeres enseñando los tobillos, estímulo más que suficiente en
aquella época para el deleite de los sentidos.
Le Cake-walk Infernal
Pero si dejamos estos ejemplos todavía muy primitivos de cine y viajamos
hasta la Alemania de los años 20, la República de Weimar, encontramos las
primeras obras maestras de cine terrorífico en una de las corrientes más
brillantes e influyentes de la historia del cine: el expresionismo alemán. El
legado que nos dejaron Lang, Murnau, Wiene y compañía, que buscaba por encima
de todo la exaltación desmesurada de las emociones, mostrándose en muchas
ocasiones con gran ambigüedad, da pie a la lectura psicoanalítica. Desde luego,
era evidente la predilección que tenían las criaturas maléficas que habitaban
en estas obras por jóvenes chicas indefensas,
lo que nos hace preguntarnos si más allá de la encarnación del mal que
representaban los monstruos de estos films, no se escondían en realidad
encarnaciones de las pulsiones subconscientes del ser humano: una sed tanto de
sangre como de sexo. Escenas como la de Cesare en El Gabinete del Dr. Caligari (Robert
Wiene, 1920) o el vampiro en Nosferatu (F.W.Murnau, 1922),
acechando en las sombras los dormitorios de virginales inocentes, nos hace
dudar sobre las intenciones de éstos.
Nosferatu
Las sombras (y las luces) del expresionismo son muy alargadas, y
llegaron hasta Hollywood, donde durante la década de los 30 se vivió la época
dorada del género, lo que se conoce como el cine de monstruos de la Universal.
Un ciclo en el que, de la mano de esta productora, criaturas como Frankenstein,
Drácula, el hombre invisible, el hombre lobo, la momia o el doctor Jekyll
gozaron de un gran éxito. Tanto influyeron los alemanes sobre este cine, que en
muchos de estos títulos volvemos a presenciar la imagen del monstruo acechante fascinado
por la mujer en su dormitorio. Frankenstein (James Whale, 1931) es
un ejemplo, que en su secuela, La novia de Frankenstein (1935), en
la que el monstruo anhela la creación de una compañera sentimental, se recalca
la necesidad sexual de este ser creado desde la muerte. Otro título destacable
por su legado es Drácula (Tod Browning & Karl Freund, 1931), otra revisión
(tras la ya citada Nosferatu) del
mito vampírico creado por Bram Stoker. Al margen de lo que pretendió el
novelista irlandés en la obra original, que simplemente buscó retratar una
lucha del bien contra el mal, las adaptaciones cinematográficas se han centrado
en ese gesto de una sexualidad tan poética y macabra como es el de chuparle la
sangre (la vida, al fin y al cabo) a sus víctimas, siendo este caso una
conjunción perfecta entre sexo y muerte. De hecho, la evolución que ha tenido
el Conde a lo largo del cine, a medida que la sociedad se hacía menos puritana
y la censura desaparecía, es la de la progresiva sexualización del vampiro.
Así, la versión de Francis Ford Coppola, Drácula de Bram Stoker (1992), nos
presenta al Conde como un anti-héroe romántico y no como la encarnación del
mal, justificándonos sus terroríficos actos desde el amor y el deseo. Las escenas
de sexo de esta película unen muerte y placer de una forma terroríficamente
estimulante. Lamentablemente, la sexualización del vampiro ha seguido su
evolución hasta extremos de lo más cuestionables (y en mi opinión ridículos),
denostando el mito en ejemplos actuales como True Blood o la mega-exitosa e infame saga literaria y
cinematográfica creada por Stephenie Meyer, Crepúsculo.
Frankenstein
Drácula
Drácula de Bram Stoker
Finalmente, si seguimos avanzando en el tiempo por el cine de
Hollywood, llegamos hasta los años 70, período a partir del cual se da una
explosión de films de características tan parecidas que bautizarán un nuevo
subgénero terrorífico tan popular como sobresaturado: el slasher. El planteamiento del slasher
es de lo más revelador con respecto al tema que nos ocupa: historias de
psicópatas que, con armas blancas de todo tipo, irán matando uno a uno a un
grupo de jóvenes despreocupados (y usualmente, con las hormonas en plena
ebullición). Desde luego, dado el alto nivel de sexualidad que suelen contener
estas películas, no es descabellado interpretar los cuchillos, machetes,
motosierras y demás armas homicidas recurrentes como símbolos fálicos, y los
momentos en los que los psicópatas de turno las clavan en las carnes desnudas
de mujeres en la flor de la vida, como algo más que la liberación de los
instintos violentos. La típica escena de dos adolescentes haciendo el amor, que
son interrumpidos por el brutal ataque del asesino, la hemos visto repetida
tantas veces que ya resulta autoparódica. ¿Qué diría pues Sigmund Freud, de
gente como Mike Myers en La noche de Halloween (John
Carpenter, 1978), Jason en Viernes 13 (Sean S. Cunningham,
1980), o Freddy Krueger en Pesadilla en Elm Street (Wes Craven,
1984)?
La noche de Halloween
En resumen, sexo y terror han sabido combinarse de mil maneras
diferentes, y con resultados más que destacables, a lo largo de toda la
historia del cine. Estos pocos ejemplos son una pequeña porción de una lista
enorme de lo que puede dar de sí esta temática. Recuperando la frase inicial de
Freud, no podemos más que darle la razón. ¿Hay en los actos de violencia
asesina impulsos sexuales? ¿No tiene a caso el sexo cierta brutalidad? ¿Por
qué el miedo está presente tanto en la violencia (miedo a la muerte, al daño
físico), como en el sexo (el pudor, los tabúes, el miedo al fracaso)? Como
reflexión final, el hecho de que ambas realidades, la expresión más pura de
vitalidad y la emoción que más te acerca a la muerte, vayan tan
irremediablemente unidas en nuestro subconsciente, es lo que realmente da más
miedo.
Me gusta mucho la reflexión final. Hablo sin tener ni idea pero puede ser que se nos activen las mismas zonas del cerebro ante el sexo y ante la violencia (o algo así creo que vi una vez en Redes).
ResponderEliminarEl cine de monstruos de los años 20 en Alemania ha sido según algunos un advenimiento de lo que vendría en los 30 con la figura de Hitler, pero bueno, creo que eso ya es rizar el rizo.
Cierto, el cine del expresionismo alemán está lleno de personajes que profetizan la llegada de Hitler: seres que por manipulación cometen crímenes atroces (o hacen que los cometan por ellos) sin que la gente sea consciente de las implicaciones de dichos crímenes. El Gabinete del Dr. Caligari, Metrópolis, El Dr Mabuse... Hay muchísimos ejemplos, pero como bien dices, es salirse del tema. Sería interesante tratarlo en otra entrada. Hay un libro llamado Sombras de Weimar que analiza esto largo y tendido, muy recomendable.
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